Cuando todo empezó en China supongo que, como siempre, no quisimos hacer demasiado caso pues seguimos considerándonos esa sociedad occidental más avanzada. Pero era evidente que algo estaba pasando que trascendía a otras epidemias pasadas. ¿Como es posible que no nos diéramos cuenta solo con ver las imágenes que llegaban? Yo me dí cuenta y me llamaron agorera y alarmista. En Enero compre mascarillas, de las buenas, las que ahora es absolutamente imposible conseguir, las FFP3. Aunque he de reconocer que probablemente yo sí presté más atención porque soy población de riesgo. Pero, ¿como puede ser que si yo lo vi venir los técnicos que asesoran a los gobiernos no advirtieran a éstos de que había que aprovisionarse de materiales y preparase para lo que era evidente que estaba por llegar? ¿O sí lo hicieron y simplemente fueron ignorados del mismo modo que la población general ignoró las señales de advertencia que las televisiones mostraban al enseñar las imágenes de China?
El virus se fue acercando y tampoco fuimos capaces como sociedad de adelantarnos. La verdadera alarma fue cuando se empezó a extender por Italia y empezó a causar muertes. Aun ahí hubiéramos estado a tiempo de hacer algo más, pero tampoco. Seguimos diciendo que era como una gripe, que solo atacaba a los mayores (como si eso fuera menos importante) sin darnos cuenta que el verdadero problema sería no poder abordar desde el punto de vista sanitario una crisis semejante. De todos aquellos que hablaron en los medios en aquel momento restando importancia al problema o haciendo bromas aún estoy esperando cierto atisbo de humildad y quizá, no estaría demás, pedir algunas disculpas. Pero no, en lugar de eso es más sencillo decir que nadie lo vio venir y que todos nos equivocamos. Y puede ser, pero no todos estamos frente a millones de personas informando. Creo que en esas circunstancias el deber de un buen comunicador es pedir disculpas, porque por el motivo que sea, se equivocaron.
Y lo mismo ocurre con nuestra clase política, los que manejan el timón y por tanto el futuro de todos nosotros a medio y largo plazo. Sean del color que sean, tanto del Gobierno Central como de las Comunidades Autónomas. Señores, ustedes también se equivocaron. Se equivocaron en sus previsiones, se equivocaron al desinformar, se equivocaron al no preparar al sistema sanitario para lo que venía, se equivocaron al no aprovisionarse de materiales. Y sería mucho más saludable y una buena enseñanza para la sociedad que salieran a pedir disculpas admitiendo sus errores, en lugar de tirar balones fuera, en lugar de echarse la culpa los unos a los otros y de poner como ejemplo aquellos que lo han hecho peor.
Y luego estamos nosotros, los ciudadanos.
No dejo de escuchar que tenemos un comportamiento ejemplar pero yo no paro de ver ejemplos de lo contrario. Quizá sea una minoría, pero deben estar todos entonces en mi barrio porque, minoría o no, yo veo por la ventana comportamientos de lo más incívicos todos los días. No tan llamativos como las imágenes, probablemente sensacionalistas, que nos enseñas las televisiones. Son comportamientos más discretos pero no por ellos menos reprobables.
A estas alturas de la evolución de la pandemia y a mínimamente que no vayamos por la vida con los ojos cerrados, ya todos debemos saber cuáles son las medidas eficaces para contener el virus. Distanciamiento social y uso de medidas de protección individual. Pero si no nos obligan parece que esto no va con nosotros. Que a nosotros no nos va a tocar, que somos más fuertes. Somos la generación de los inmortales.
El uso de mascarillas sigue brillando por su ausencia. Y la respuesta que da la gente es que no son obligatorias.
Aquellos que sí las usan lo hacen mal, se dejan parte de la cara sin cubrir, se la quitan para hablar con los vecinos que se encuentran, se la quitan y se la ponen continuamente, y no estoy en sus casas pero probablemente usen la misma mascarilla día tras día.
Los guantes no valen de nada si tocamos todo con ellos. Es igual que las manos, también se ensucian. Los guantes no tienen un dispositivo de autolimpieza. Es igual de efectivo ir con las manos al descubierto que con guantes. Lo que hace falta es no tocarse la cara (o la mascarilla) y lavarse las manos (a conciencia) o usar un gel hidroalcohólico. No es tan difícil.
Y sé que somos una sociedad que necesita el contacto físico, pero no es momento de acercarnos al vecino, no es momento de abrazos, ni de apretones de manos, ni de besos porque llevamos meses encerrados y sin vernos. Es momento de permanecer a dos metros de distancia del otro, de ponerse adecuadamente una mascarilla y de extremar las medidas de higiene, para protegernos primero a nosotros mismos, pero también a la sociedad.
Y si no lo hacemos, lo que estamos viviendo ahora será el futuro que nos espera hasta que una vacuna o tratamiento eficaz esté disponible, y ya os adelanto que cuando eso suceda es probable que España no esté entre los primeros países de la lista en disponer de esos recursos.
Pero si aprendemos, quizá podamos poco a poco salir hacia una nueva normalidad mientras se encuentra un remedio.
Quien argumente que entonces la economía morirá es que no se da cuenta que cuanto más tardemos en controlar el virus más tiempo permaneceremos con nuestra economía en suspenso.
Y es que gran parte de la solución está en nuestras manos ahora mismo como individuos y en nuestra responsabilidad individual para solucionar un problema, sanitario y económico, que es de todos.
Pero como siempre, echarle a otro la culpa de lo que sucede siempre es más facil que asumir nuestras propias responsabilidades individuales.
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