Llegó a Madrid en el mes de Octubre, en busca de una vida mejor, y huyendo de la inseguridad y con la promesa de que en España podría conseguir un buen trabajo, y podría enviar dinero a su familia que se quedaba en Honduras. Y dejó a su dos hijos que quedaban a cargo de la abuela por un máximo de 6 meses.
“¿Qué son 6 meses? - se pasan en un suspiro. Ya verás cielo, con la abuela lo vais a pasar fenomenal, y seguro que en primavera, antes de que llegue el verano, en cuanto termine el curso, ya podréis venir conmigo, ¡Veréis que bien vamos a estar!. Con un poco de suerte, incluso encuentro trabajo pronto y gano el dinero suficiente para venir a pasar navidad con vosotros.”
Eso fue lo que le dijo a Ana, su hija mayor, de 11 años. Al pequeño, a Luis, de 5 años, le dio un abrazo y tantos besos como fue capaz hasta que él se zafó de sus brazos para continuar jugando. A los dos les prometió que volvería pronto a por ellos.
Eso es lo que de verdad creía Rosaura aquel octubre de 2018, hace ya 6 años, cuando preparaba su viaje para venir a Madrid en busca de un futuro mejor para toda su familia. Solo los ha vuelto a ver en videollamadas, unas videollamadas que cada vez se espacian más.
Atrás quedaron muchas de aquellas ilusiones, y lo que encontró sin embargo fue desprecio y precariedad y poco más de aquel sueño que se prometió a si misma y a su familia, donde encontraba un buen trabajo y vivía en condiciones que le permitieran progresar y reunir a su familia.
Veo a Rosaura cada día por las mañanas desde mi ventana mientras desayuno, o mientras hago la comida. Es la mujer que cuida la casa de mi vecina, y que cuida a los hijos de mi vecina, y que cocina para ellos, y lava y plancha y limpia, y hace todas las cosas que debería haber hecho para su familia, y para sus hijos. Pero las hace aquí, al otro lado del mundo, por el salario mínimo, probablemente sin contrato y sin papeles. Y cada mañana, cuando la veo tras mi ventana, Rosaura me saluda, y me sonríe amablemente, y cuando mi hija de 5 años está conmigo, su mirada se vuelve nostalgia pensando en su Luis, que ya tiene 11 años, y le está viendo crecer tras una pantalla. Como yo la veo a ella año tras año, al otro lado del patio, detrás de esa ventana.

