Hoy es una ventana diferente. Es la ventana de un hospital oncológico. Detrás de estas ventanas conviven muchas emociones, pero hay una que es predominante sobre las demás y es el miedo.
El mundo a veces se queda parado, como cuando te dan un diagnóstico de cáncer, o cómo cuando se lo dan a un ser querido. De repente estás bien, tienes ilusiones, haces planes, trabajas, estudias, y en un momento todo eso pasa a estar en pausa porque ningún diagnóstico de cáncer es un diagnóstico sencillo, y ninguno tiene un tratamiento corto, o en el mejor de los casos, un seguimiento corto. De repente la enfermedad pasa a ser prioridad mientras todo lo demás permanece en pausa, a veces por un tiempo, a veces para siempre.
Camas blancas, comida en bandejas, tubos, agujas, camisones, pañuelos para la cabeza, pelucas.
Inyecciones, quimioterapias, radioterapias, pastillas.
Esperanza, incertidumbre, ilusión, dolor, miedo.
Detrás de esas ventanas los pacientes y sus familiares se asoman a ese mundo que continua impasible, ajeno a lo que ocurre dentro.
Y a veces hay furgonetas que aparcan delante. Furgonetas para llevar camillas, furgonetas que no son ambulancias, que no tienen ventanas, que no llevan aparatos médicos, que no llevan asistencia sanitaria.
Y delante de este hospital oncológico que conozco tan bien, esas furgonetas son blancas. No tienen ningún distintivo que las diferencie del resto.
Todos sabemos para qué son si te fijas un poco, pero tienes que hacer el esfuerzo de fijarte, porque sino, simplemente pasan desapercibidas y supongo que es exactamente lo que se pretende con esa asepsia. Y la verdad, para todos los que están asomados a esas ventanas para ver el mundo al que con suerte volverán pronto, a seguir con sus vidas, aunque ya nunca volverán a ser las mismas de antes, se agradece que cuando esas furgonetas aparcan a la puerta sean blancas, y simplemente, pasen desapercibidas.