Hace algunos años, nuestras vacaciones de verano eran por un lado playa, por otro pueblo. Y estaban bien, pero yo quería algo más.
Los últimos 6 años adoptamos una costumbre. Un viaje en invierno y un viaje en verano. Y el pueblo, el pueblo no lo perdonamos nunca.
El viaje de verano es el que más tiempo me lleva preparar.
Pensar el destino e investigarlo, buscar los vuelos, planificar la ruta, las paradas, días que permaneceremos en cada destino, las actividades, las visitas, los alojamientos.
Invierto muchas horas realizando esa tarea e imaginando lo que sentiré al llegar allí. Comparto mis planificaciones con la familia que siempre me dicen a todo que si y se dejan llevar por mi planificación. Y disfruto casi tanto de la planificación como del viaje. Tiempo de evasión.
Viajar es explorar nuevos lugares, sus gentes, sus paisajes, su cultura, su arquitectura, su gastronomía, su historia. Es conocer, es libertad, es flexibilidad, es sorpresa, es cansancio, es tristeza y alegría, es abandonar la rutina durante unos días y dejar de ser yo y mis responsabilidades para solo sentir lo que el mundo tiene que ofrecer. Y es desear volver a casa para darte cuenta de lo afortunado que eres por volver.
Y el mundo es tan grande.
Son muchas sensaciones y muchas emociones concentradas en un corto espacio de tiempo.
Este año todo se ha paralizado. Esto también nos lo ha quitado el coronavirus. Este año no puedo planificar ese viaje que haríamos y lo extraño. Así que miro las fotos y pienso cuál sería el destino de este año. Y pienso en cuándo podremos hacerlo.
Por suerte el año pasado hicimos un viaje no planificado adicional, así que nos sobra uno. Habrá que tener paciencia.





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